lunes, 16 de agosto de 2010

Agua y cartón

Cuando el cielo fuera solamente cartón
Cuando todo: el cielo y tu alma fueran cartón,
el alma tuya, ese alma,

cuando la furia del agua te golpeara, loca,
haciendo del cartón un trapo que flamea,
cuando tu alma de cartón, mojada y leve, llamando
al mar su triste milagro,
como un manto piadoso
sobre el niño muerto
como limosna indecisa
como el padre pobre
como una madre,
con las manos del que pide acusando al pueblo
gritando el hambre a dios, al diablo, al hijo,
al hombre inútil a su lado,
cuando tu alma de cartón, como tu cielo,
con los ojos del mar llorando,
sobre el caballo muerto,
en el hombro gastado,
con las manos al cielo pidiendo, implorando una vez más, al cielo.

Estás con tu voz vencida, estás como un leño mojado,
el cielo te acompaña con su pálido cartón,
mojándote, despojándote, la nada es una, toda:
están así las cosas
el paraíso ha de estar en otra esquina
las luces aquí mueren con el atardecer.

Se deshace el cartón, como un cielo empobrecido,
viene, llanto, baja aquí, clava su agua ante mis pies
y deja sus ojos chorreando ante mis ojos.
Del agua al agua me enamoran
las gotas turbias, grises, el cartón herido.

Cuando venga el corazón, su temblor de hembra cálida,
cabalgada por cuatro vientos,
herida para morir,
abierto en dos
el pobre deslucido cartón de tus milagros
pobre corazón de mujer pobre y de cartón,
pobre desde el nacimiento mismo de la pobreza,
vendrá también el beso lento que recuerdo
llegará con él la máscara del consuelo,
y caerán, caerán los pájaros,
caerán como la lluvia,
vendrán en bandadas de muerte para ver tu beso o sostenerme,
o para dejarse ver con la muerte tras la muerte.

Pero no, y el viento hará remolinos con sus plumas
y el agua lavará lo que fuera de tu beso
o el recuerdo del agua en el sombrío sueño,
o la vaga marea cubriendo sus abiertos picos negros
al aire, con una palabra muerta, sobre su lengua y tiesa.

Quién llegará temprano a despintar el cielo,
a rasgar siquiera el cartón descascarado?
Cuando cielo fuera, dije,
cartón de harapos y paños rojos y tristes,
papel de cartas mentidas,
verías callar al viento
y al viento como una lengua caída,
como un mendigo a tientas
al viento, verías al viento.

Dale un puñado de hojas al hombre que pasa,
un canto leve,
un calzado para que llegue seco hasta su casa,
un palmo de arroz que calme el hambre de todos.

El cielo es puro cartón
en tu alma que aburre y espera algunos perdones,
picos negros te nombran en quietas lenguas secas,
hay plumas en el camino, hay húmedas muchachas
cargando cestos de ropa lavada en vinagre.

Sólo es nuevo para mí

(Chaitén - Chile, 2001)




Todo llora sobre Chaitén y sólo es nuevo para mí.
Llora la gente sin sombra
bajo la lluvia llamando
como llaman los niños que leen tu nombre
con sus voces menores,
con sus zapatos nuevos para mí.

En el monte, los coihues de los despeñaderos,
las algas que la playa pudre
llaman por tu nombre

y cómo te llaman
los peces ahogados en el musgo
en la espuma verde de los bosques
en la selva blanca que ahoga pescadores.

ventisqueros y toninas, el volcán insomne,
cisnes y anclas, botes muertos
se nombran con tu nombre para llamarte.

Cómo te nombra esta poeta Paulina Cisterna
y me pide otra vez los últimos versos con que te nombro.

A golpes de lluvia sobre el fuego
la cocina te llama en sus fogones
y el amor se cuece entre ajíes y pescados.

No la llames todavía no la nombres.
Si está lloviendo sobre Chaitén
donde la sombra se recoge
y la gente anda sin ella, como yo
y soy forastero aquí como en mi casa.

Bajo el cielo arriado a media asta en los faldeos,
por la calle despoblada que el mar vence,
pasa un hombre cabalgando por delante de los perros
que husmean mi nombre y el tuyo

Les silba lejos el hombre llamando
como te llama esta tristeza
y los perros acuden solidarios
y esta tristeza silba sola y para quién.

Salvo tu nombre, todo es nuevo para mí.

Muro

Al final, está siempre el muro.

adherido a su piel de ladrillos
mojado en lluvia
antes estuve aquí como estoy ahora,
viejo afiche de una fiesta suspendida
del circo que no llegó;
del frustrado “meeting”, por falta de público.

Bajo la lluvia estuve aquí antes,
contra el muro.
hasta aquí llegan a morir como ratas
y un marino,
pecados del alma.

Llegan condenados de cadenas arrastradas,
presagios del muro mojado
por la lluvia, ennegrecido en el hollín.

Muro al fin de estos pecados, caídos tras otro,
como piezas del juego inicial, final de partida.
Y sólo el agua golpeando en lluvia
la oscura piel con que cubro el muro a mi espalda.

En todo final es esta pared,
como el dios de la mano en alto,
inscripción del juicio final.

rezo de agua por mi falta, mi talento para el naufragio
mi suerte de adiós, mi cadavérico escombro.

Más allá del muro
la pared suelta sus culpas,
y lava el oficio en páginas de cal.
El aserrín no basta para el charco,
y el desagüe se lo carga.
Al cabo, alguien muere de otra manera.

Barros Blancos


Lo comparto por razones emotivas.Es un trabajo de taller, simplemente eso. Pero me resultó entrañable el viaje que me permitió hacer hacia mi infancia, desde la que partí para construir esta ficción.
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Hubo épocas en que la crisis y la magia  podían verse en el color de nuestros alimentos.
Yo soñaba que mi infancia era blanca.

Pequeñas gotas de grasa crepitan al caer sobre el fuego de la estufa cada vez que el padre remueve los trozos de carne en la churrasquera.
La semana anterior, un temporal de nubes verdes y rayos azules volteó la antena de la televisión. Por eso esta noche la cena de churrascos se prepara igual que siempre, como desde antes que el televisor ocupara su lugar en el living, donde ahora permanece apagado, con su párpado verde-inmóvil; acaso hasta un poco más chico de lo que aparentaba; y cubierto por una carpeta de hilo al crochet sobre la que se apoya la imagen de la Virgen que aplasta una serpiente sobre el globo terráqueo.
En las paredes, las sombras de agrandan o achican, aparecen, se desplazan, desaparecen.
Todos los ojos miran el fuego como se mira un abismo; o como miran al suelo desde el borde del techo de la casa cada vez que suben a orientar la antena de la televisión.
Pero ahora que llueve afuera, todos están silenciosos y absorbidos en el fuego; excepto el padre, que rompe el sortilegio acomodando la carne sobre la churrasquera.
Cuando termina, ese padre se aparta de la estufa y sin dejar de mirar el fuego, por primera vez, le pide a su hijo mayor que acomode las brasas.
--  “Si sigue lloviendo así, toda la noche, el Lituano no va a venir mañana. No va a cruzar el arroyo”, dice el padre pensando en el día siguiente y en lo que desayunarán sus hijos más chicos.
Por entonces, yo sabía que la leche era verde.

Faltaban todavía un par de años para que alguien llegara a la luna, y por lo tanto, un arroyo crecido podía dejar a una familia sin leche.
El Lituano había llegado de Europa con la resaca humana que la guerra desparramó por el mundo. Quién sabe de qué manera se hizo de una chacra en medio del monte de eucaliptos, pasando el arroyo. Ahí tenía dos vacas y ocho perros.
Ordeñaba a la madrugada y al alba salía para el barrio: empujaba una carretilla donde cargaba dos enormes damajuanas de diez litros, cada una repleta del líquido verde.
En verano, cuando arreciaba el calor, cubría las dos damajuanas con un par de arpilleras mojadas.
Pero en esos días de lluvia, no. No hacía falta.
Calzaba botas enormes de caña alta, demasiado para su baja estatura. Porque el Lituano era reducido. Reducido y encorvado. Quizá por el peso de la carretilla, de algún recuerdo de la vieja Lituania.
Visto así, parecía un duende mugriento. Un gorro de paño con vicera que debió llegar con él tras la guerra. Un saco de paño. Calvicie, zurcos más que arrugas.
Olía a bosta de vaca. Siempre.
Siempre llegaba por casa a eso de las nueve de la mañana.
“¡Pichinangu!”, exclamaba por la ventana; “¿No te casaste todavía, Pichinangu?”.
Me llamaba de ese modo, nunca sabré por qué. Quizá fuese su modo de decir gurí, o botija en lituano.
Nunca hablaba de Lituania. Nunca mientras estuviese sobrio.
Pero al terminar su reparto de aquella leche, que entonces era verde, el Lituano hacía su puntual parada en el boliche de Baubetta.
Vedado para los más chicos, conocí ese boliche cuando comencé a trabajar en él, a los ocho años, acomodando marquillas de cigarrillos sin filtro y paquetes de tabaco.
Allí el Lituano se apoyaba al mostrador y permanecía quieto hasta tres horas después.
Primero, un espinillar, bebida blanca. Fuerte. Después comenzarían a desfilar las cervezas.
Cuentan que una vez fue desafiado por un alemán a tomar cerveza. Que fue allí mismo, en lo de Baubetta. Que de una sentada se bajaron ocho cajones de doce botellas. El alemán quedó desmayado pero sin moverse de la silla. El Lituano se paró sólo para ir a orinar.

Acodado al mostrador en lo de Baubetta, sólo, sin otro parroquiano alrededor, cierta vez el Lituano comenzó una murmuración. Pude escucharlo semioculto tras de estante del tabaco, mientras llevaba un atado de Artigas a mi nariz y aspiraba el olor que aquellos hombres ruinosos y míticos tenían en sus ropas.
Murmuraba en un idioma extraño, que hoy recuerdo como un lamento, o una rogativa, o un conjuro. La cabeza reclinada sobre su vaso. Y una lágrima, o un moco pendía de su nariz.

En el barrio estaban también Don Hernández, nuestro primer linyera: flaco y alto como tacuara, cargado siempre bajo el peso de un sobretodo inmemorial, con su funyi indescifrable; y Don Soto, a quien le faltaba la mitad de su oreja izquierda porque, decía, se la habían comido las ratas en un barco en el que dio la vuelta al mundo como polizón.
Los dos, junto con el Lituano, fueron mis verdaderos reyes magos.
Pero, el Lituano, el más mago de los tres.

Había que verlo en su liturgia. Había que descubrirle su misterio; contemplar la alquimia de sus dedos y el poder de sus palabras en lituano, lengua antigua, supe después; la más antigua de las antiguas en Europa.

Fue una mañana para finales de agosto. Lo recuerdo. La escarcha no aflojaba, pero el sol traía algo de la primavera por los alrededores. Sobre el antepecho de la ventana de mi dormitorio, siempre lo aguardaba el jarro de latón.
Sin que lo supiera, esa mañana lo observé por la mirilla de las persianas: llegó con las damajuanas ya casi vacías. Enormes botellones de vidrio, cubiertas hasta dos tercios por cestos de mimbre. Y en su interior, jugueteando con el zarandeo de la carretilla la leche espumosa y verde. Casi alegre.
Bajo mi ventana, el lituano, con su cigarro armado a un costado de la boca, echa para atrás su gorra de paño. Toma una de las damajuanas, apoya un pié sobre la rueda de la carretilla, y a su vez la damajuana sobre su pierna. Con la otra mano sacude el jarro de latón, para quitar las hojas que el viento pudiera haber dejado allí.
Acerca el jarro a la damajuana y comienza su ritual. La magia transmutadora.

Entonces, del abdomen profundo de la damajuana, la leche, verde, espumosa, espesa comienza a volcarse hacia el grueso pico de vidrio, mientras una especie de canción, una melodía nasal; un conjuro mezclado con humo de tabaco Artigas y el vapor de su aliento en la helada mañana, realiza su hechizo: como de un pecho purísimo, la leche comienza a brotar, blanca.
Blanca sí, como si fuera la Virgen que, apaciguada ya su furia con la serpiente, se volviera hacia el mundo y nos ofreciera sus pezones cargados.
Blanca. Como la harina, antes del sorgo; como el azúcar antes de la crisis.
Blanca. Como
el uniforme que ese padre, ahora mirando el fuego, vistió por la mañana, cuando resignado debió regresar al Frigorífico.
Había quebrado la huelga.

Cuando Llanos y los vientos

Como todos los demás conductores, el de aquél automóvil comprendió que había llegado a ese pueblo cuando ya estaba saliendo de él.
Así era con todos los que pasaban por Llanos, el pueblo en cuestión, sin detenerse jamás.
El Viejo Lamas trató de despejar la polvareda sin molestarse en seguir el vehículo con la mirada: sabía que eso era todo lo que dejaban los autos. Polvo.
Sentado al frente de su casa, en un sillón desvencijado, entre jirones descoloridos de tela gruesa y oxidadas tachuelas dispersas, vestigios apenas conservados tras largas jornadas la intemperie, el Viejo Lamas se dejaba esperar. Esperar.
Acaso este viejo era lo único que Llanos tenía de singular. Siempre sentado allí, bajo la sombra de un pobre álamo que desesperaba en sus intentos por reverdecer después de tantas caprichosas y antiguas talas; solitario en la única calle del pueblo. A su miserable reparo, el Viejo Lamas urgía al tiempo detenidamente y esperaba, con los ojos condenados a la perpetuidad de la distancia.
Fuera de esto, Llanos no era un pueblo diferente a otros de aquella región. Como ellos, casi no era un pueblo, sino un sarpullido de casas a lo largo de una calle sola; pueblos que en otro tiempo, cuando las promesas del tren y las ovejas, tuvieron sus razones para ser. Épocas en las que había estancias donde trabajar. Mucha hacienda tuvo su buen pasto. Mucha lana se juntaba en los galpones. Mucha era, también, la carne.
Por entonces, hubo hombres que cansados de malvender sus brazos en las zafras del norte, o de arriesgarse por un alijo de contrabando en la frontera, prefirieron quedarse en el lugar. Y levantar allí su rancho, aunque después –soñaban- una casa; buscar mujer para lo necesario, es decir, comida caliente, ropa limpia y lo demás. Como lo había hecho el Viejo Lamas.

Lo cierto es que, por esa imperturbable fatalidad que acompaña a estos pueblos desde sus cimientos, como el hombre más vigoroso lleva en sus células el sello inexorable de la muerte, pasado el tiempo, con los hijos de los hijos, también se fueron las suertes. Y las promesas del ferrocarril se murieron como promesas; las estancias perdieron sus pasturas; alguna que otra helada matando corderos. Alguien habló de sobrepastoreo y desertización. Pero si la tierra era buena, ¿cómo no se iba a poder echar ganado allí? Pasto hubo siempre, pero ahora… La tierra desollada. La piedra desnudó al pasto y los sauces apenas conseguían amontonarse bordeando el lecho frágil de un arroyo cercano.
Pocos muertos tuvo Llanos, y los que murieron descansan en el cementerio de La Toma, el pueblo grande de la región, a unas cuarenta o cincuenta leguas al norte. Aunque se supo de alguna noche en la que el fuego ahorró trabajo a los gusanos, en los cañadones, adentro. Pero a pocos preocupaba eso de morirse. Apenas alcanzaba con vivir. Con esperar.

Es difícil saber cuándo el Viejo tomó por costumbre salir al frente de s casa y quedarse allí sentado, esperando.
Aseguraban que al comienzo de la sequía el Viejo decidió esperar sentado a que lloviera. Tanta determinación en un hombre sólo podía surgir de una profunda fe. Mas el Viejo Lamas desconocía siquiera el agua bendita y toda trascendencia era aprisionada entre la primera orina de la mañana y el saludo último de algún vecino por la tarde, entrando ya en la noche.
No. Su presencia allí devenía en insolencia; en desafío a los elementos. El desaliño dormido en su vestimenta, y los testimonios de la intemperie en su rostro resumían la vaguedad histórica de la aldea; tenía un párpado caído como un papel ajado sobre su ojo inútil. Con él, se dijo, podía leer en el aire el tiempo que faltaba para la lluvia. En realidad, todo Llanos respiraba tranquilo cuando el Viejo ocupaba su lugar bajo el álamo, sobre el sillón desvencijado, al frente de su casa, casa día por la mañana. Por fe o prepotencia, mientras él estuviese allí, quizá la lluvia volviera. Y con ella el pasto, y las ovejas, y la promesa del ferrocarril.

En ocasiones, para matizar la espera del Viejo, alguna mujer (en los últimos tiempos fue siempre la misma) le arrimaba un plato de comida; mientras que por la noche cuando los hombres regresaban de buscar changas o de “cazar” alguna oveja, lo mandaban a dormir, para que mañana pueda levantarse temprano, viejo, le decían.
Los perros del lugar pasaban en yunta corriéndose unos a otros y apenas reparaban en su presencia. Correteaban a su alrededor, entre sus piernas, lanzándose tarascones entre sí, o husmeándole los tobillos, para luego seguir con sus correrías por lo largo de la calle. Algunos se demoraban con la pata levantada junto al sillón y luego salía disparado entre ladridos, buscando a sus compañeros. El Viejo tampoco parecía advertir la tromba canina. No era a ellos a quienes esperaba, sino a la lluvia.
Habían pasado varias décadas desde que las últimas lluvias cursaron lujuriosas sobre un Llanos que por entonces se prometía eterna prosperidad. Ahora, las grietas urdían una trama polvorosa sobre la que todo el pueblo anudaba sus últimos momentos, abarcando casas, piedras y chapas, hasta confluir en los pliegues de piel reseca que se acumulaban bajo los ojos del Viejo Lamas.

No obstante lo fugaz de su jornada final, Llanos conoció su última tarde. Fue aquella en la que los últimos hombres que aún perduraban en el pueblo habían regresado temprano, con las manos limpias del que no ha conseguido conchabo. La tarde en que las ocho mujeres únicas de Llanos con sus críos, veintitrés en total, vieron que el cielo se cargaba de violeta y el pueblo de quietud. Hacía ya dos días que lo perros se ausentaban; ni siquiera los más fieles o falderos dejaron escuchar sus ladridos. Las chicharras, los grillos y todo el escaso bicherío, con su ausencia, cedía rincones al silencio. Sólo el polvo, levantándose en paredes que agredían al horizonte, mantenía su autoridad.
Algo más que las sombras de las mujeres y los hombres se movía inquieto dentro de las casas.

No es difícil imaginar cómo pasó.
La calle abierta a su costumbre, entregada al polvo y al calor por años, no alcanzó a protegerse El primer viento llegó y la recorrió entera; un aliento del infierno. Las hojas del álamo, las pocas que ese verano se animaron, despeinaron su tranquilidad con aquel lengüetazo de polvo caliente. Bajo el árbol, el Viejo Lamas miró en dirección al viento y suspiró.
El segundo viento trajo consigo el rayo. Cayó detrás de los molles, más allá de las casas. Las piedras más grandes se partieron con él y de la tierra brotó más tierra.
El tercero ya no fue viento. Volaron los techos precarios y también los más firmes. Las paredes cayeron como sentencias sobre las gentes y chapas de diverso origen decapitaron todo lo que de humano hubiera en las calles huyendo de las paredes.
Cuando ese puñado de aire enloquecido llegó hasta la casa del Viejo, se alzó en remolino y arremetió contra ella sin encontrar resistencia. La pared del frente se desplomó hacia la calle, pero sólo la mitad alcanzó el suelo. La otra mitad quedó recostada sobre el antiguo tronco del álamo bajo el que aún permanecía sentado el Viejo Lamas.

No hubo piedra que soportara a otra ni madera que obedeciera a sus clavos. La calle, estremecida en su sed, se abrió entera y sumó piedras al pedregal.
Tras el viento, la lluvia definitiva cabalgó sobre el polvo y lavó los ojos del viejo. El agua resbalaba sobre el terroso sillón, afiló ruinas entre las paredes, para ahondar luego mortalmente las huellas de la calle.

El viejo, entonces, se puso de pie bajo la lluvia y bosquejó un desperezarse. Entró sin apuro a los restos de su casa y buscó entre chapas y piedras hasta encontrar un sombrero de paño de color ciertamente oscuro. Lo sacudió contra su pierna, atravesó nuevamente lo que antes fuera el umbral de la puerta y, ya en la calle, se lo encasquetó con un dejo de elegancia, pasando sus dedos por el ala roída. Contempló la calle en ambas direcciones, juntó las manos en su espalda y se encaminó hacia la salida del pueblo. La cabeza gacha y el paso lento.
Sobre él, la noche caía copiosa.

Destino Distante (Cuento)



Atilio Forlán había muerto ya muchas veces, pero aquella sería la última muerte de su vida.
Nada le inquietaba más en esos últimos minutos de cada muerte suya que la posibilidad de volver a la vida para repetir una a una cada milésima de todos los segundos previos a cada muerte suya.
La muerte de Atilio Forlán sucedía invariablemente a la misma hora, en el mismo lugar.
El comienzo de la tragedia lo encontraba al volante de su Chevrolet 57, transitando un camino sinuoso, abierto como a hachazos en la ladera rocosa y colgando sobre un oscuro lago ubicado en algún punto entre Esquel y Cholila.

Las condiciones del lugar eran exactamente propicias para una muerte. Siempre las mismas cada vez: ripio y tierra el camino, barro helado de tanto en tanto, nevisca sucia sobre los cristales del vehículo; el viento omnipresente y el día que se llevaba consigo las últimas luces.
Atilio Forlán sabía que su muerte nacía de un error de orientación. Un desvío incorrecto acababa por llevarlo inefable a su destino de cadáver.
Imposibles de hallar carteles indicadores en ese camino -si los había-, en medio de aquella tormenta que transformaba su entorno en un gigantesco telón de palidez premonitoria.
Algo que parecía una huella...; tal vez aquél pueda ser el mojón...; acaso éste sea el árbol antes de la curva...
Nunca encontró el camino correcto, pero siempre, con infinita precisión, Atilio Forlán terminaba en el fondo de aquél cañadón con la Chevrolet 57 partida en dos sobre su cuerpo. Su cuerpo también partido.
Sólo la nieve apretada contra sus sienes le permitía sentir el pulso caliente de su sangre, cada vez más lento, leve, susurrante, hasta que sus pensamientos se convertían simplemente en frío.


Con rara puntualidad el estruendo del subterráneo saliendo por la boca del túnel resucitó a Tomás Infante que permanecía al borde del andén, apoyando su mirada sobre los rieles húmedos y engrasados, su abrigo colgando del brazo en que también cargaba el maletín, y en su otra mano el paraguas cerrado como un cormorán negro y de incomprensible destino, permanecía cerrado en su otra mano,  a pesar de la lluvia que transpiraba la ciudad algunos metros más arriba, sobre la superficie, con rumor de multitudes sólo acallado por la estrepitosa aparición del convoy.
No era él quien ingresaba en el vagón del subterráneo, sino el recuerdo de su cadáver. La sofocación y el traqueteo lo devolvían a esa presunción de la vida. Con la sola certeza de que todo volvería a comenzar mañana al cabo de otra jornada de trabajo.
Cada día el escenario parecía “atrezzado” para su muerte, y como un actor resignado a la rutina, Tomás Infante representaba la tragedia sin oponer resistencia, advirtiendo quizá que el final de aquella historia se hallaba escrito en tinta indeleble.
Descendía las escaleras en la estación San José, y dejando atrás los molinetes llegaba hasta el andén -maldita sea la hora- vacío como de costumbre. Sus pasos, más tarde o más temprano, lo abandonaban en un extremo de la estación, donde comienza el túnel por el que llegará el convoy de vagones, chirriante, veloz, larva voraz.
Allí se quedaba esperando su tren, tieso sobre el borde. La fatiga del trabajo le amortajaba los ojos y el rumor lejano de la superficie, completaba la metamorfosis.


El fatigado motor de la Chevrolet 57 ocupaba ahora todo el silencio que Atilio Forlán cedía en su afanosa concentración para no errar el camino esta vez.
Como en cada ocasión, se aferraba al volante avanzando muy lentamente por el cerrado camino del invierno sureño. Los faros de la Chevrolet encendidos apenas herían la nevisca, los ojos atentos para no perder la escasa huella que aún podía verse bajo el manto de nieve. Porque Atilio Forlán no quería seguir muriendo.
“- ¡Ahí!, ¡Ese es!, ¡Ese tiene que se el desvío!”.
Un giro a la izquierda. Pocos metros avanzando despacio...
Pero no. El blanco de la nieve se vuelve en negro de abismo y otra vez a rodar hacia el fondo del cañadón, para quedar con su Chevrolet 57 partida en dos sobre su cuerpo. Su cuerpo también partido.

Resulta extraño, pero no hay dolor. El fastidio surge antes, ya que ni siquiera la ira tiene lugar cuando se ha muerto tantas veces. De nada sirve preguntarse  "¿por qué otra vez?". Es más urgente explicarse cómo evitarlo.
No hay dolor, es cierto, pero en medio del frio y de la nieve que se comprime contra su rostro, cierta humedad cálida y dulzona le permite adivinar sangre brotando en alguna parte de su cuerpo.
Aun sin proponérselo, arribaron a su confusión imágenes previas al desbarrancarse. Imágenes amables de una mujer como querida que le hablaba apoyada en la puerta de su Chevrolet, mientras unos niños, que podrían ser dos o tres corrían a su alrededor jugando con el frío que él querría evitarles; y los despedía haciendo sonar la estridente bocina de su Chevrolet.
La luz de su recuerdo era una luz gris y la mano que se acercó al rostro de aquella mujer, y que debió ser su mano, también le pareció gris.
Nunca antes en sus otras muertes había tenido estos recuerdos. Siempre la vida se le apagaba en los primeros minutos. Acaso -pensó entonces- no fuera ésta una más de sus muertes. Por el contrario, se dijo, esta vez podría resistir y evitar su sino trágico. Esto despertó en Atilio Forlán esperanzas innesesarias: porque aquella -estaba escrito- debía ser su muerte última.

No alcanzaba a comprender si estaba totalmente dentro o totalmente fuera de su Chevrolet, pero aún en medio de la oscuridad percibió que el volante y otras partes de su  vehículo se encontraban cerca de su mano pero no lo suficiente como para asirse de ellas.
Vanamente esperanzado, buscó mantener su mente ocupada mientras encontraba la forma de liberar su cuerpo atrapado bajo la Chevrolet 57. Intentando evocar el rostro de aquella mujer halló el del hombre que lo ayudó en el almacén de Esquel a cargar vicios y otros viveres en la camioneta para regresar luego a la soledad del paraje en que habitaba. Con él habían comentado sobre el estado del camino, pero alguna razón incomprensible le obligó a mantenerse optimista. Luego no pudo evitar su pánico al comprender que la mujer que lo esperaba junto a los hijos era la suya. Y que ellos quedaban solos, siempre después de cada muerte suya.
Como nunca, percibió los olores del bosque; el crujir de los cipreses agitados por el viento y al viento desmelenándose de nieve en todas partes.
Por un momento creyó escuchar un sonido como de agua. Supuso estar cerca del lago y supuso escuchar las olas agitadas por la tormenta.  Volvió a concentrarse en otros rostros pero el sonido regresó con insistencia como si una ola rompiera más cerca, y rodara más largamente. Esta vez prestó atención. Podría ser útil saber qué distancia lo separaba del lago y deducir entonces una probable ubicación.
No quería especular con ello, pero cada nuevo pensamiento, acrecentaba un poco más la esperanza de torcer su destino de muerto a perpetuidad.
El murmullo regesó ahora con mayor precisión. No. No se trabata de una ola; no eran siquiera ruidos de agua... Aquello era un motor.
Atilio Forlán quiso levantar su cabeza pero un dolor punzante le iluminó los ojos sin que pudiera abrirlos  y  soltó un alarido. No se permitió desfallecer sin embargo.
Si en verdad aquello era un vehículo que se acercaba, él debía llamar su atención. No le preocupó que por momentos se oyera nada más que el viento. Seguramente las laderas de los cerros impedían que aquél motor pudiera escucharse con claridad.
Confirmando su razonamiento, el dificultoso ronronear de un motor volvió a escucharse, pero esta vez sin dar lugar a dudas.
Venciendo al dolor, Atilio Forlán consigue girar su cabeza en dirección al sonido.  Sus ojos apenas entreabiertos perciben un haz de luz allá arriba del barranco, que se desplaza iluminado lentamente rocas y árboles,  y lentamente pasa devolviéndolos a la oscuridad.
Atilio Forlán sabe que tiene una única oportunidad. Su mano busca a tientas la bocina de la Chevrolet pero no la alcanza. Nuevamente el dolor lo deja al borde de la locura, pero no debe detenerse pues esa bocina puede ser su salvación.
Logra deplazarse unos centímetros y le parece que el cuerpo se ha separado en dos mitades.  Aún debe hacer un nuevo intento para alcanzar la bocina y deberá usar sus pies para impulsarse. El ruido del motor se aproxima y su cuerpo debe estirarse un poco más. La bocina está allí a pocos milímetros de sus dedos. Consigue mover un pie vital y  con él impulsar su cuerpo en un envión desesperado y sin regreso hasta alcanzar la bocina... ya está, ya casi lo consigue. Todo es sonido y estruendo.
El motor que se acerca es implacable, veloz, chirriante. La bocina es una bocina y es una humanidad de gritos a un tiempo. La oscuridad del cañadón no es tal ahora, sino las luces cegadoras del subterráneo que se le viene encima.
La mano de Atilio Forlán no se aferra ya a la bocina; ahora es el paraguas que Tomás Infante agita con desesperación buscando recuperar el equilibrio perdido al borde del andén.
Pero aquél impulso  de su pie vital ya no tiene regreso.

Acerca de Último Paisaje (Crítica)


Dijo Giovanna Recchia:

Si es que un último paisaje existe, está ahora entre mis manos. Último paisaje[1], de Gustavo De Vera aparece  ante mis ojos en esta deriva. Se delinean sus versos en el horizonte. Hacia allí voy.
Me recibe una voz que dice  “soy el último de mis paisajes/ y mañana habré de mudarme…”. Voz que es paisaje en mudanza,  el último pero a la espera de un próximo: es el movimiento mismo.
Es allí donde encuentro versos que me llaman: “niño con su balde/  No se hacen castillos con arena del volcán./ Esa madre milenaria/ la arena del cerro/ es el rastro de una fiesta / celebración del cosmos/ parturiento de este suelo” .  Respondo al llamado  transcribiendo el poema. La computadora me señala en rojo el último adjetivo; y sugiere parturienta. Y comprendo que en ese movimiento, en ese “corrimiento” está la poesía: pare el cosmos, pare un él… es lo masculino lo que da vida. Y lo hace, dejando la señal de la arena, esa “madre milenaria”. La voz poética disloca las convenciones. Invierte y reúne.
Lo mismo ocurre con otros versos, como este que rescato al azar, por el sólo gusto de paladearlo: “Algún triste será niño esta tarde”.
La niñez reaparece, se escabulle continuamente en los poemas “Mientras tanto, / tengo cinco años / y esta certeza del mar/ cuidándome desde su vértigo”. Y reaparece el mar, recreado su ritmo en las palabras a partir de la aliteración: “No he zarpado por las noches/ y en la leva del ancla trepa un fuego a esperar./ Miro solamente/ como el muelle mira/ y la marea/ miente por volver/ Si me atrevo a la mano como amarra/o me atrevo/ a la mano/ como viento/ quedaría una costa a mis espaldas/ quedaría el margen seco pasado”(leer estos versos en voz alta es participar de la música marina).
Si es este un último paisaje, nos queda la convicción de que es relativo ese adjetivo, tratándose de poesía: el último, en la deriva, es el paso para el próximo: “Dejo el ancla a un costado./ No hay puertos donde abunda este tierral y los barcos/ me flotan intrusos de este viaje” .

Publicado en: "A LA DERIVA"
Revista Tela de Rayón 
Diario Jornada
2008 

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Dijo Claudia Sastre

Este poemario compuesto de 38 poemas que, según declara su autor, fueron compuestos a lo largo de los últimos veinte años, demuestra una gran madurez, exhibida en la calidad de los mismos.
Veinte años le llevó al poeta esquelense culminar su libro, darle su forma definitiva, parirlo; pero no es el fruto tardío de un aficionado, ni de un jubilado que por no tener más que hacer edita un libro, no. Este es el fruto sumamente conciente de un laburante de la palabra, de un escritor con oficio. No es Gustavo De Vera ni por asomo un poeta de fin de semana. Quienes lo hemos conocido sabemos que su bajo perfil, su escasa verborragia y su cierto pudor al mostrar su obra, que no son una postura, un gesto de falsa humildad.
Esa mirada, por momentos discreta, sencilla, no elude lo ríspido, lo difícil y lo duro de la aventura cotidiana. Cuidadoso en el decir su poesía, provoca desde la contundencia y precisión. Imágenes veloces, en un tono medido, son efectos bellos e inesperados en este poemario, que se disfruta con el alma y con la mente. Porque lo mental del proceso de composición formal implica lo emocional, lo sensible. No es para mí una sorpresa la calidad de su poesía, si lo es el armazón, la composición formal del poemario, donde no hay poemas “flacos” esos poemas que uno siente que rellenan. Forman un todo increíblemente parejo.
Una muestra más de la excelente poesía que se está escribiendo en la Patagonia y que se integra a un corpus que da que hablar, y que en el futuro dará más aún. La combinatoria de tono y contenido es excelente y en el poema donde mejor se muestra es uno que puedo considerar de mis favoritos cuyo título es “Frío y masculino corazón”. Es un poema que está construido para ser leído en voz alta, y de ese modo consigue su mejor efecto, el mayor grado de disfrute estético.
Otro poema que logra conmover desde lo profundo y mostrar el abismo que conforma la dimensión humana se titula: “es cuando tu mujer desnuda”, y lo transcribo aquí para ustedes:
Es cuando tu mujer desnuda y borracha y llorando
y tendida sobre la mesa
te mira con ojos que preguntan “¿cómo pudiste?”
Y estás solo, con tus manos que no alcanzan.
Cuatro patas tiene el viento
y te sopla al corazón 


Claudia Sastre:
Poeta y Crítica Literaria.
en http://es.shvoong.com/books/poetry/1847049-ultimo-paisaje/

Pto. San Julián - Santa Cruz

[1] DE VERA, Gustavo, Último paisaje, Fondo Editorial provincial, Rawson, 2006

último paisaje



último paisaje

soy el último de mis paisajes
y mañana habré de mudarme

esta historia
me mira con ojos de liebre
muerta sobre la ruta muerta.

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no es ésta una noche de espanto

No es esta una noche de espanto;
una sopa donde mueren los obreros y los sabios,
y el carnaval despierta entre escarcha.


La carta de tu risa anunció que ya nunca;
y voy ahora de regreso a mi orilla
de página y contemplar


cómo se muere dios
con tu nombre atragantado

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frío y masculino corazón

el tiempo, ese novio
masculino y enfermo que tengo,
rondaba la casa esta mañana.
me esperaba en la vereda de enfrente
husmea sobre mi hombro esto que escribo

estoy sorbiéndome en este desayuno
que mi enamorado mantiene
caliente para mí.

yo ando silencioso por estos días,
acaso presintiendo esta nevisca
desordenando poemas por la casa, y el tiempo
-ese novio masculino y enfermo que tengo-
se queda allí de pie, mirándome y discreto
como un mucamo arrepentido.

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sólo buey

Ay de la palabra buey!

Con sus pezuñas como verbos
castrados que iluminan la arena mojada.
las ropas tristes de mis ángeles
caídos y sin saber

Con qué pintas de sangre se escribe
cuando ya no hay qué detenga
este cardumen de las alas rotas
que boquean moribundos.



y si fuera el hambre con alas

¿Y si fuera el hambre con alas de mariposa?

¿Y si fueran los dedos de mi hijo cuando olvide mi
nombre?
¿Si fuera la palabra No sobre tu boca en blanco?

Por eso es agrio el silencio
que llevan atado a la rastra. 

¿Y si acaso fuera un diluvio punzante
y yo sin mi paraguas?

¿Y si ya estuviera clavada
y yo todavía esperando?

¿Y si fueran los dientes de mi hijo clavados en mi

culpa,
y sus dedos señalándome
y su palabra de hijo
llamando a otro por mi nombre?



es cuando tu mujer desnuda

Es cuando tu mujer desnuda y borracha y llorando
y tendida sobre la mesa
te mira con ojos que preguntan “¿cómo pudiste?”

Y estás sólo, con tus manos que no alcanzan.

Cuatro patas tiene el viento
y te sopla al corazón.



muelle

Se adentra en uno
en aguas, en piedras
en dientes de un intento
ensayo y endiablada vanidad
del territorio aguas adentro 

Lo sabe:
bajo la grúa muertamente

Lo intuye:
en la frontera de los náufragos

Percibe:
un país extiende, crispa, estalla dedos
ulcerosos como muelles
erizado en pescadores.

Imagina:
nostalgia insolente porque no es él,
sino la tierra (jirones) país
que hunde su hocico.

Y no puede
no consigue ni acierta
con su idioma de semen
revertir un arrebato
clamando y piedras y dientes
bajo su lengua.




la montaña es una hoja

La montaña es una hoja
a favor del agua
y a pesar del viento.




hollejos de tristeza

De la tela con que se hacen los sueños
vestí ayer mi último hijo.
llamé su nombre para que despertara a este día
infructuoso,
lavé sus manos y su cara, peiné su hambre,
lo eché descalzo sobre la piel agreste de mi patio. 

Va mi hijo así vestido y yo desnudo de sueños y harapos
vuelvo a contemplar el hollejo ennegrecido de una tristeza.
Me mira allí difusa junto al cajón de frutos vacío.
Poco hay para apenarse en esta casa silenciosa.



carla el faro

carla el faro
hay días en que se pierde
cuando la marea es esta pared.
el faro carla,
la voz que llega
carla el pulso.
una orilla fantasma
una rompiente sobre el pardo mismo
piel de agua
vana gloria de mujer
vano párpado sobre sí.

huele a yodo carla el faro
a orilla rota con algas y crustáceos
oreja sobre mí, arena de muerte
y respira como sus ojos
todavía mirando el mar.



madame

¿Dónde habrán ido los huesos
de Madame Bovary;
cómo han quedado
amurallados si la madrugada
la dormía en frío?

todo se llena de azul
pero Madame Bovary no regresa.
hay un escalón bajo su cabeza y niebla;
su sueño la deja fuera
de este mundo madame,
este mundo Bovary

dónde estarán ahora esos huesos apasionados,
madame, qué manos te apartan, carne a tierras
a cada lado y no quise preguntar el destello de quién,
madame, brilla en tus ojos.



a qué relatos de infancia...

“y el sabor de la sal bajo las rosas” (j. cortázar)

¿a qué relatos de infancia apelará el fantasma
para convencerme?
se agita el preludio
que construyo a solas

aún allí, las estrellas se distancian
¿a qué cuentos acudiré para convencerme
de lo contrario?



lado flaco del vuelo

Qué derecho reclama aquél poco de pájaro,
lado flaco del vuelo
herirme el sueño con su pluma rastrera
en mi lunes sereno.   

Y cómo llega esta agua
a medir mis palabras
a explicar mis caídas
y el soborno del río,
tajante y ligero,
en mi cielo de lunes
en mi lunes sereno.




ancla salobre

Dejo el ancla a un costado.
No hay puertos donde abunda este tierral y los barcos
me flotan intrusos de este viaje.

Llevo tantos agujeros en mis pupilas
que este medio miedo acechaba
sobre mi espalda.

Dejo el ancla, la herrumbre
y el metal,
dejo un recuerdo del agua que me trae
esta arena, este olor
a lejos que tiene el viento. 

Va de otros esta turbulencia
y me sorprende el vendaval en pleno frontal estepario
Es de otros el poema
y otra mano levanta rastros en mi cara. 

Las mías,
mis manos,
vuelven a puerto
con sus redes salobres, con sus abrazos
recogidos como después de la jornada.

Vuelven mis manos a casa
y en la playa de olvidos se queda una mujer esperando
viuda del mar que llevo sobre estos pasos
andados entre piedra
y entre pasto
y entre la arena glaciar,
ahora cerros.

Voy del mar
a tus manos
de mis puertos
al olvido,
de mi tacto y tu tibieza
la furia desatada de este paisaje.

Y el ancla,
como clavo en el papel,
un beso dejado junto al abrojo,
será mi viuda que espera.

Dejo el ancla, mi viuda y mi noche,
pero los barcos míos siguen allí como manos
venturosas tras la tormenta,
resabios de vino en el cáliz,
maderas de naufragios que vendrán.
Eso son.
Y eso saben. 

Pero vienen conmigo,
en flotas de milagros llegan
para verte y para echarte sus abrazos
como redes,
para aromarte salobre y robarte 

del fondo marino y del polvo
y romperte fósil la superficie
como se ha roto este llanto.

Te pido que guardes, al menos
por un tiempo,
el puñado de sal que se enredaba en mi barba.




incendio y mariposa

Si fuera incendio y mariposa
fuego de morada como infortunio
Si fuera pavura de luz
viento y crepitar
Andaría por lajas y tapiales
husmeando desgracia desnudez

Si fuera nube y perturbación
hielo vertical como astilla a mi pupila
Si fuera césped a lo lejos
un automóvil sereno junto a la ruta

Voltearía a manos tajamares
aguas latentes y bajo mi sombra
tu aguijón de última avispa



áridos globos

No son comunes globos rojos
en el cielo árido de aquí. 

Algún triste será niño
en esta tarde.

Hay un rastro de liebres o de ovejas
pero no de globos rojos.

Vean qué
sube por el faldeo
buscando en qué
enredarse y no ser viento



detrás del vidrio empañado

Esta noche quiero estar loco
y no darme cuenta.

Estar solo es un milagro imprevisto
un golpe en la sien como un beso.

Hay un corazón que se acobarda.
como un cerdo antes del cuchillo.


no hay veredas donde sentarse a mirar el mundo
en este pueblo, y las que hay
tienen ya otros mendigos más urgentes.

por qué sigo soñando en el tiempo en que todos
guardan sus frutos
y hacen manteca de la leche
y conservas y descansan la vejez como dios manda?

-qué hay detrás del vidrio empañado que veo en cada
mañana?

Sobre estas palabras queda el aliento a viejo en mi boca,
el oído sordo por el que escucho tu carcajada.
un dolor en la espalda que se acuesta
conmigo como mi amante
y amanece como mi viuda
cada día, a despertarme a cuchilladas.

No hay gatos en esta casa
no hay teléfonos
el mundo es esa imaginación que tengo afuera

Afuera no es más que el patio triste donde
Alejandra juega con estatuas rotas
para que yo la vea detrás de un vidrio empañado.



canto del niño sin sus mareas

La mesa se ha tragado el canto esta mañana
Podría quedar la música
y ser mantel.

Afuera ladran pájaros;
sangra el nogal sus años.

Hay quien quisiera ser niño
ahora y echarse a rezar.

No llega hasta aquí
el manto redentor de las mareas.
Nunca una ola piadosa que se lleve profundo
la resaca, o el temor.
No hay lunas punzantes esta noche.

Sólo una escarcha azul pintada de cielo.




milagros

Cuando supiera ser aspa
hélice de apenas papel
nada más un sueño aerodinámico
se anudarán de mí todos los vientos
aires en masa
que no sabrán agitarme

Cuando supiera ser espina
advertencia feroz de toda rosa
afilada milésima que preanuncia el dolor
regresarán en mí todas las heridas
cicatrices memoriosas
que no sabrán sufrirme

Cuando supiera ser milagro
ilusión del credo
malversación divina del ruego
leudarán a mí todos los panes
y nadarán sobre mí todos los peces
pero ya no habrá multitud a quien ofrecerlos.



sotanas mojadas

Hay días en que mando a mis ojos
recorrer más allá de mi ventana.

Y vuelven tarde y vuelven
arrastrando barrios,
barros y sus lágrimas
sotanas mojadas
por las manos infantiles del arroyo.



morir a veces un poco

será las veces que he partido
de tantos lugares,
morir tantas veces un poco.

tanta gente muriéndose alrededor
y yo que siempre estoy allí,
mano en alto en el andén solitario,

o que parte sin despedida
rostro adherido a la ventanilla
buscando fantasmas que no están.
será por eso que algo de mí resiste
a la idea del desamparo;
no quiero.

me abro paso a esa tristeza,
soplo tibio un corazón de arenisca

 -late-
entonces sigo vivo. 




arabescos de mujer

La maroma del ave agita el polvo y por detrás
esa mano está echando granos al comedero.


Arabescos de esa mano,
como si amara el aire. 

Mano de mujer que queda,
pasos de persona que está.
Camina como yendo, pero está.
Mujer, grano, polvareda de ave.

Queda. Como tablón del piso
y las pisadas que pasaron.
Como miga en el rincón que no se barre.
¿Cómo se puede quedar
el pie en este suelo manchado?

Pisa para que pase el viento.
Las cartas escritas de ayer
regresarán por la noche con el cartero.

Pasa. Arabescos de mano
como si apartara el aire
para dejar atrás la respiración de ayer.




jardín con estatuas rotas

detrás de la estatua donde la niña espera
vueltos los ojos y su cara
hacia arriba
abierta su mano, mansos
dedos en el jardín de la niebla apagada
al que llegan a morir los pájaros
emigrantes que ella recibe
como si el mundo
fuera redondo y volver
fuera posible
todavía



llueves y llamas

Cuando llueve de esta manera
queriendo que se te vea
sé que llueves por mí.

llueve sobre aquél pino y este palo,
sobre la mano que apoyo en él,
sobre mis uñas,
llueve sobre el ciprés y mi sombrero.

llueve aquí desde hace varios días
para que la agonía no muera seca
y se ablanden las púas vegetales,
bajen su guardia y escuchen y te vean
calar en silencio las piedras lavadas.

llueve para que por primera vez atienda tu voz,
para que tu precaria humedad aplaque
el polvo hereditario
y no vuelva yo a decir que nunca estuve aquí.

Estás lloviendo sobre mí
como si bautizaras
cada hueso mío llegado del norte,
como si amorosamente eligieras calarme el fémur,
las costillas una a una, como si tus dedos palparan
mis falanges bajo la carne, mi esternón
estremecido sobre mis pulmones,

Llueves en grandes gotas para reponer mi llanto
porque siempre he de llorar mi lejanía,
mi país.

Nunca habrá de llover indiferente.
Porque reconozco a tajos tus surcos en las calles,
porque junto al río y sus márgenes
te llevas envueltos las gentes, sus casas, mis niños.

Llueves y llamas por mi nombre a todas las cosas,
para recordar mi terror por las noches de lluvia,
para azuzar mi pánico intemperie,
para bendecir mi techo y mi abrigo
y para culparme por ellos,
llueves implacable sobre mí.

Y este palo en que me apoyo,
los dedos y mis uñas que se aferran,
claman porque no cese su bautismo,
para que te lleves conmigo
la suciedad que ya no me conmueve.




siesta

de la hamaca vacía sólo tengo
tu pollera levantisca
tus maneras de muslo
¿cómo podía la siesta soportarle tu cuerpo?
si mi mano transpirase
y no derramaras mi leche ni fuera la mesa

Dale que yo lamía tu brazo 


verías que vuelva la hamaca a tus piernas
y mi transpiración a empujarte
y la mesa a sujetar cada leche
y la mía a derramarte y mi lengua a
y tu brazo y la siesta

¿permitirías mi dedo en tu rodilla
y el pasto
al centro de tu espalda?



escarbaciones

Estoy besando la pared del pozo.
Estoy amando el cinturón colgado en la pared.
Estoy dudando de crecer
estoy buscando en el fondo el palito de escarbar

estoy besando el muro frío y húmedo
la nada que me acuna y oscurece protectora
incoloro hijito inmunizado
vas a romper el cascarón con tu palabra
y en los huesos frío fracasado

hay un mareo dando vueltas por aquí.
Un mareo redondo como paredes del pozo.
Redondo como huecos, como la “O” del hueco
donde muere la vida.   

Nada llega vivo a este lugar.
hijito juega con desechos del mundo
la pureza se alimenta de carroña universal

Palitos, palitos.
palitos de escarbar
dibujar un siglo redondo.
Una gran mamá.
Dibujar la escalera, la puerta en su lugar.
Dibujar el abismo, lanzarse a jugar.
Dibujar la salida del pozo, en el fondo del pozo.
Palito de escarbar y dejarse caer. 

Si dibujo una orilla, el umbral se pone triste
Amanece de llover y mi casa tiembla.

Si dibujo un borde, un final de pared al que trepar.
llora una madre por lejos,
ladran los perros por llorar.

No me dejes dibujar, palito, palito,
palito de escarbar.




hocico de mar

¿Quién saca los pies del mar:
perro violento que intenta ser amable,
animal azul que no han matado todavía?

¿Quién sacaría sus pies del mar
para andar como milagros descalzos por la casa?

Si me atrevo a la mesa
como a un campo de batalla
o si me cargo el silencio,
bolsa de qué preguntas.
¿Quién tendrá a mano su mano por detenerme?

Es por este mar que llegan
a morir los pájaros, veteranos
peces fugados que las redes preguntan.

Bajo este mar de calma que preanuncia tragedia
inspira con la luna y expira sin ella.

No he zarpado por las noches
y en la leva del ancla trepa un fuego a esperar.
Miro solamente
como el muelle mira
y la marea
miente por volver.

Si me atrevo a la mano como amarra
o me atrevo
a la mano
como viento
quedaría una costa a mis espaldas
quedaría el margen seco pasado.
El muelle sigue aquí bajo el cobarde.
El mar, perro violento y azul,
cubre su hocico de espuma y se lanza contra mí.




mano en alto

(Sobre una pintura de Mariano Chanourdie)

I.
Sube una zarpa a desgarrar ropajes del cielo
alza su puño a tañir
no puede su voz llegar tan alto y entonces
es su mano
imploración extrema como última señal
de quien se ahoga.
La multitud mira hacia otro epitafio

II.
Han robado la ventana por la que un día
me llegó su mano en alto, señal de partida,
el hombre aquél que no era anciano
pero no le bastó para morirse 

III.
Si mi mano fuera esa
estaría yo allí entonces
acaso yéndome para luego irme
porque donde yo he nacido ya no existe
y no habito lugar alguno que no sea
donde los espíritus me cuentan sus azares
y mi mano -mis dos manos- no pueden/tienen/quieren
no aferrarse a nada que no sea
mi atareado destino de fantasma.


cuando la penumbra del pasillo

cuando la penumbra del pasillo
es más penumbra
cuando la respuesta no está
porque es verdad la pregunta

crece sospechoso el huérfano que siempre fui.



ángeles de tu inocencia

(a paloma)

Un ángel se muere verde
a la sombra del único cartel
de neón y la noche
que buscaba entre escombros
apareció violada ayer día
sobre la mesa carmesí de una florista.

Ya no hay ángeles que te protejan

de la noche:
en el cerrado miedo que duerme bajo tu almohada
respira fetal el último pensamiento.

Son un ejército
derrotados ángeles de tu inocencia;
Son la amarga caravana que llora
mientras desandan el sendero
hacia el país de cinco años.

Donde muere el aire:
es allí donde regresan
tus ángeles
y cierran
sus rejas tras de sí,
y ponen candados
y pliegan
y repliegan sus alas a esperar.
Hasta que un dios distraído
les devuelva el sueño

o el sueño de tu inocencia
les devuelva la ilusión.




risa y tragedia

Mueve a risa
a tragedia.

Mueve a mueca
esta figura tuya del desamparo.

Son cuatro los dedos de la muerte:
el hambre, el hambre, el hambre
y la pregunta.

Cada uno te señala como puede.




molienda

sobre la piedra quieta del molino
hay que hacerte el amor como se hace avena
cáscara y viento, grano entre los dientes pezón
molienda de cuerpo caído como agua sobre la rueda
como pan por su peso
sobre la mesa blanca de hoy

cómo te llama esta mano
el pan que no habrá mañana te está llamando.

arremango mis brazos para nada
subo a mirar que nada viene
vuelvo a saber:
sobre la piedra del molino muerto
hay que hacerte el amor como a una pena




y semejanza

En la mentira del vientre
se muere hija la sombra de ese hombre.

Ayer todavía llenaba el mundo con su mano.
Ardía el día;
calor de dientes contra pezón.


Humo queda sobre el palmo de patio.
Niebla de no decir;
nublar de mirada.
Llenaba el mundo su mano, agitaba el fondo coral;
alzaba vientos.
 
Ayer llegó cansado como muriendo de nada;
como de hacer al hombre
y con el mismo aliento se creó a sí mismo,
a imagen y semejanza de su cansancio propio.
La séptima noche echóse a morir;
improvisado.




el tendero

(a lautaro)

Este viento incesante
es el aliento del hijo
que despeina tripas abajo
que amontona en hojas perdidas
de árboles que no están
el nombre de cada cosa que no
volverá a ser.

En ese viento aliento caigo de espaldas
sin nombres con qué llamar
lo que ahora miro colgado en el tendero de mi patio.



hoguera y vanidad

Si todo es el pan
de hoy, todo me salva
en tus manos.

¿Dónde canta el mensajero?

¿a quién trae
el buen hombre sus protestos?
¿a qué sitios llevaría mis rezos

si tuviera?

Urgencias de horno me reclaman,
hace llagas con su peso
mi propia vanidad.

Hay un nombre descalzo
esperándome en la nieve.





a la sombra de una fuente

Un vegetal pudriéndose
a la sombra de una fuente
seca y sola.
Dobleces que guardan
el último no.
El cuello del títere cuelga hambriento;
la mano alta para escapar del tedio.
 
Donde hay olvido, donde hubo patios,
donde hubo fiesta, donde pájaros
vuelven grises;
donde muere el aire
detrás de esta puerta.







árbol del pájaro final

No dará canciones este árbol:
antes será astilla, pájaros
secos que llegan a rodar
en el solar de las calandrias.
 
Y cuando el rayo mal te parta
y cuando el viento álamo te agite
y cuando la raíz amarga te destierre
creerán silbos arder en tus ramas como noches.
 
Vendrán mudos del mundo ensordecido,
Vendrán callados del país de esta palabra.
Escuadras que Roma envía para llegar a su silencio.
 
La mansedumbre.
El vello ensortijado de las almas raspará
por instantes
tu corteza, rozará alumbrado
el lugar del viento,
estropeará entonces el aplauso
y no dará canciones este tronco:

De aquí sólo habrá leches del tiempo,
contarán historias otros bosques,
otros magos estarán durmiendo.
¿Qué harán ahora ahí esperando?
¿Qué piden al árbol que no da calor?
¿Qué dicen mudos del país que los echara?
¿Qué dicen a la sombra de lo que será la llama?
Ojos para mirar el cielo,

eso quisieran.
Ojos para buscar el pájaro final.
Ojos que arrancarse de sus ojos

cuando fuego fuera su primera palabra.

Y no tener ya bocas donde hubo ramas;
y no sostener lo que queda
de aquellos pájaros
que mueren en pleno vuelo.



despojo

No intento otra palabra que despojo,
que poner frío a ramas como a huesos,
vida inerte

No puedo otra altura que muñones
ni más distancia esta opresión
sin delante sin detrás

No hay quietud brutal ni palabra necesaria
que consiga detener este mundo, entonces

la vida vive en estas cuatro ganas
pocas que todavía puedo.



cuando todo llegue

Me rompe su risa en la rabia de ayer.
Me rompe ese puñado de su risa.
y me busca para romperme.
Un cisne abre surcos en la cara floja
colgada de mi frente.

vuelve a ser ella en mi rotura, en mi remiendo.

Lo que ella sea vendrá siempre por debajo,
llegará tarde, llegará en junio o en septiembre,
como ropa sobre la silla sin querer.

Y vendrá mojada, rota de ayer,
Romperá el atado, encenderá tules
ahumará de noches este siglo.

No siempre lo sé.
Como aves en tu plaza.
Como guerras de otros países.
Como ese hambre de otros
al que siempre hemos temido.

Llegará entonces y saldrá de esta boca
su nombre disparado, saliva
de abejas, estallidos de semillas
de retamas; néctar goteando en el pico de un colibrí.

Pondré a doblar descuidado mis azules
y guardaré el resto del día para soñar este sueño.



es mediodía y pasan

Es mediodía y pasan los escolares

El reloj es una madre
que acobarda al tiempo con apuros.
A las tres pasa un carro.

Al cabo, un paso de anciano
llevará siempre el mismo camino.
Son las seis
y se queda vacío

mi rincón en esta casa oscura.




pan de luces

Muerda pan la palabra,
muerda el hambre su silencio,
muerda el ojo pan de luces,
muerda dientes la poesía,

Apriete lenguas,
erice polvos,
albergue culpas.

Llegarán fermentos
del pan a pudrir el tiempo,
Llegarán gritos al hambre,
Cegarán luces cada ojo,
Habrá poesía desdentada,
lenguas óseas,
aplacando polvos.

Siempre quedará siempre
una culpa a cielo abierto.



árbol solo bien se mece

Al cabo lo has sido todo.
árbol solo
abrigo del sin querer,
“Árbol solo bien se mece”
pensabas
Al cabo, todo ha sido en vos.
El ciclo del agua y su vergüenza.
la palabra de este árbol
se agita hoy en el fuego
de otros hombres.




evocación marina del asombro

Sobre la arena inexpugnable soy arena
y me cuida el mar como mi madre.
Nadie sabe que no temo este mar.
No nado, no floto, no temo a este mar
que me cuida pero es perro
que te abraza pero es mar.
No habrá de matarme nunca el mar éste
que me observa desde su orilla,
que mueve olas como orejas;
que resopla aburrido.
¿Cómo podría ahogarme?
¿Cuándo volvería contra mí
(esta bestia mía y de horizonte)
sus colmillos salobres, sus aguavivas?

Y cuando sea.
Cuando borrascas y resacas
rompan este círculo;
cuando se parta el aire como una ventana
y al otro lado queden curas y abejas
y mieles pobres y pobres víboras
descabezadas y sin entender.
Cuando el horizonte azuce esta jauría plomiza,
este baño de sal y yodo;
este mar será el cobijo,
el regazo líquido al que pertenezco  
y cada tormenta un seno brutal
al que morder hambriento. 

Mientras tanto,
tengo cinco años
y esta serena certeza del mar
cuidándome desde su vértigo.

Mi castillo de arena está terminado.




arena herida

La arena es la piel más herida
como heridas lleva el cartero.
Clavada, pero como nacida ahí mismo,
como germinada de los mismos granos de sílice,
una puerta se levanta al pie de un médano.
Sin huellas por delante ni detrás,
nadie ha dejado junto a ella
el ramo de flores olvidado,
ni el golpe de nudillos expectantes.
Triste: ya nadie espera al otro lado
y el cartero se ha cansado de llegar
sin que un perro,
un miserable ladrido de nácar
altere sus correspondencias a nadie.
Una gaviota descuelga el horizonte
y lo repliega hacia la orilla.
Es tarde y el viento vuelve cansado sobre el agua
borrando las huellas de los que no pasaron por ahí. 

Llega el viento a terminar el día
y cuelga al final su piel de arena
volada detrás de la puerta.




niño con su balde

No se hacen castillos
con arena del volcán. 

Esa madre milenaria
la arena del cerro
es el rastro de una fiesta
celebración del cosmos
parturiento de este suelo

el niño con su balde
ha llegado tarde



quién ama a celda gris

quien ama a celda gris?
quien pone manos alrededor
manos que pronuncien su aliento arrastrado?

la ama con humores tibios
y sus caries silenciosas,
y ahonda el surco el dedo?

quien ama gris a celda?
sube a su garganta?
sube a sus orificios nasales?
sube a los repliegues de su cerebro?
sube como el hambre me sube?
sube como me sube mis entrañas?

le baja quien le ama celda?
le baja hasta sus ojos bajos?
le baja hasta su vulva molusca?
le baja a beber su baba?
le baja la mirada?
le baja las manos para tomarse a sí?
 
quién ama como se ama celda
gris como ama, como alta, como
pies bajo mis pies?
quien te ama, te pone orgasmos te da pavor te
calma el espinazo en dos para asustar la muerte?
te ama con dolor?
te ama la mano lejos?
te ama el nombre?
te ama mujer viaja a tu lado viaja
partiendo en dos la línea horizonte
la altura de tus ojos?
 
quién te ama que me muere
que me da de lejos corazón al medio
quién te parte por tus partes tan amadas
quién te entra y vos tus uñas y tus piernas
quién te pone boca a bajo
quién te sirve en el manjar de tus omóplatos


el último gemido
y aflojara la muerte.




faroe

Escuchaba una de Kristian Blak
y me preguntaba cómo serán los pájaros
en Groenlandia.
¿Serán como la lágrima de cintia ayer,
como su abrazarme tan pájaro ella?
Y después.
 
El piano de Blak quema de hielo
Shetland
y me trae el arrabal del norte
donde el desierto frío es como
el frío arrabal desierto
donde cintia me abrazaba tan pájaro ella.
 
Nunca nos habíamos visto,
pero cuando se va
tan escandinavo, Blak
es mi amigo:
nada le debo ni me debe
ni nos volveremos a deber.
 
No sabe cintia: las abuelas de las islas Faroe
se han dormido en los pájaros de los abrazos
que anidan las rompientes
y que la suya propia duerme bajo el pico azul
de un cormorán acantilado.
Que vuelva
Blak en el agua de su piano
a decirme que cintia cantó a su abuela
que vengan las shetland y las faroes
las islas de la niebla, el pájaro de los abrazos
para dejarme andaluz en los ojos de cintia.
El amargo de mi nombre
me irrita el corazón.



trenza lágrimas

El tío de la lágrima
peina delicado una trenza
en el pelo de su hija, bajo qué mirada
de quien no habrá de peinarse sola.

Trenza un tiro, una cinta verde y un por qué;
trenza lo que dijo, lo que oyó, lo que se calla.

Un ojo, la sombra, el calor;
una sombra, el calor, el ojo;
un calor al ojo, la sombra.

Peina con manos de pozo,
con dedos de maza
y uñas de la madera.

Peina cuando habla;
cuando calla despeina.

El tío de la sombra
trenza lágrima con lágrima:
Trenza uñas con su maza,
ata dedos con su pozo,
clava manos al madero.

Y se va después
desatento.
Trenza un paso, un paso, un paso.



amor en blanco

el amor en blanco
es una caverna donde pongo
huevos a dormir
el cine sin techo de la esquina

no hay en qué pensar
la muerte pone números
en las puertas de los estibadores
y flores en los patios de dios   

ni en qué pensar me han dejado esta noche.
justo que vos no.
no vuelvas a llenar esta casa con las ocho de la mañana
no hay nada en qué pensar y si estás aquí,
que sea por un pedazo de calma y de cama.
no hay en qué pensar cuando hace frío
más que en las orejas que se cortan
y no hay siquiera una puta a quien tirarlas
ni cuervos en el campo,
ni campo hay. 
podríamos decir que es un bello paisaje
pero todo se hace blanco cuando no estás
y no hay clítoris, menstruación o histeria
bastante para revivirlo. 

El invierno blanco,
como el amor te mata.




ciudadana

I.
Es azul el esqueleto sobre la azotea
y llama a quien pasa por debajo
a quien lleva descorridas medias.
Esa mujer me dijo,
dijo que no estaría allí,
que cuando el asma volviera
no estaría aquí.
Esa mujer que se fue cuando
yo volvía por ella.  

II.
Si la mujer toma esta mano
si baila el paso aprendido
entre polleras de ayer de tías
de madrinas, polleras de ayer
el baile esta noche será mi baile. 

III.
No tengo duda alguna
donde morder este hambre
este animal que crece
que muerde el dolor
Una galleta de luna
con agua de noche quisiera
y calmar el llanto de lejos
del país de cinco años
que me llega
y me acuchilla entre sueños.

¿Qué luna columpia
esta noche en mi trapecio?
Cuando el piedruzco rueda
con mi paso son perros
los que gruñen en las sombras.
¿Quién vuelve todavía a su trabajo?
¿Quién tiene algo en su plato   

o su plato todavía?

IV.
Ponle un reloj al martes
para que el miércoles llegue más tarde.
He cruzado la avenida como los Andes
y en mi mano cuelga a salvo un maletín.
Es necesario salvar algo
de tanto en tanto
para justificarnos.


creer que sí

No he visto a dios en parte alguna
sin embargo.

Una foto brutal del universo
me muestra
ausente en todas partes.



desayuno

Unta pan y párpados
muerde, saliva, traga
un sorbo y la mirada
de fondo de taza al borde
la mesa, sola, la radio, el reloj,
traga - ¡el reloj!

Unta borde, muerde párpados
la saliva la mira la inunda
abunda en gestos

El reloj

el pelo que húmedo
el zapato que juega

-¡el reloj!
la manteca no detiene
la mesa no acompaña la radio no dice.

cierra esa puerta.

Adentro,
el pan debió aumentar su precio.




pálido borrón

Pobre barrio de apariencias
donde la calle de la casa en que nací
es el garabato de mi hijo.

Pibe aburrido que al final
dejará un pálido borrón
donde antes ocultaba mi patio.



adolece

Esta adolescencia mía comenzó a ceñirme
la tarde aquella en que astillé un espejo
que sólo miraba al cielo sin brocal,
que era demasiado poco para devolver
el vuelo flaco de un pájaro
y mi cara de ojos flacos


Sin espejo, ¿Cuántas veces quise a una mujer?
¿Cuántas veces me ha querido una mujer sin espejo?


Adolecer ahora del color que invento
porque no he mirado;
Ahora que la piel que ayer purgaba su acné
cesa implacable de ser piel;
que se cuelga pingajo de mis pómulos


porque los sueños ya no debieran ser
y son aún esta corona de aguijones;
y es más grande y tan sólo el tiempo para otros


Habré volcado el diccionario sobre mí
y estaré empapado de las lenguas posibles
cuando alarde pasiones ajenas;
de todas formas estaré frío y oscuro,
apagado infinito y será tarde
y algo de mí habrá sabido ser cobarde.




da por tierra con su pie

Da por tierra con su pie
da por el charco con su bota
Atrás está el auto agazapado

obediente esperando
a que regrese.

Da como golpes a la puerta

da en lo alto como gritos
Una orilla es esta casa
un olvido prometido

Fue volviendo como aceite,

fue de a pasos impregnando
de a huellas un perjurio
de regreso/ un auto/ lentamente



babobesa

Como besando y volviendo a besar
la planta, el pie único
de los hijos de putas todos,
anda por esta calle
duerme en esta habitación,
come en este plato.


Porque tienen un solo pie,
un único calzado que se ahuella
y marca el rastro plateado
que esta culpa persigue como una babosa:
sin otro miembro que su vientre arrastrado.


Y si no te cuelga,
si no te sobra un por decir;
un dedo, o un beso menor,
siempre habrá un grano de sal
donde morir abrazado.



mujeres

Cargo en mis orificios
las mujeres de todos los rostros
como cargo los muros

Todo me es deuda
porque muchas -todas las- mujeres

me corresponden
Me corresponden la oquedad
porque mujer
-esas mujeres-
porque cargo los hombres de mis protuberancias
porque los he sido todos
y nadie

Me cavan mujeres
el patio de mí
me acuñan baldosa

Por todos los hombres
los fantasmas que pude
cada mujer derriba su espejo

Debo agitar el paso:
cuando cierro los ojos,
aún invento sus cavas 






perros y días

Los perros de los días gruñen a mi puerta cada mañana
y no tengo siquiera un beso para darles a roer.
Se irán en un rato a otra puerta y a otra puerta
y otros perros de otros días vendrán en su lugar.
Así y al cabo mi enojo los enfurecerá
y serán más mañana en esta puerta los perros de los días
rabiando de frío por un beso siquiera
para desgarrar en sus colmillos ensalivados
sostenidos por sus patas
tiesas contra la tierra entumecida.


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Gustavo de Vera

ÚLTIMO PAISAJE

ISBN-10: 987-22891-4-X
ISBN-13: 978-987-22891-4-0